Gala Placidia

Una soberana del Imperio cristiano

28.85€
30.00€ BEZ barne

Bilduma:
Serie Media
ISBN:
978-84-89569-98-0
Koadernazioa:
Tapa dura con sobrecubierta
Orri kopurua:
336
Ilustrazioak:
BN: 35
Dimentsioak:
17 x 24 cm
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(Baloraziorik gabe)
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Elia Gala Placidia (392-450), hija del emperador romano Teodosio el Grande y de su segunda esposa Gala, está considerada por la historiografía actual como la figura política femenina más notoria de Occidente en la primera mitad del siglo V. Destinada desde su nacimiento, como tantas otras mujeres de la casa imperial, a convertirse en un mero peón al servicio de los intereses del Estado y de su propia familia, supo aprovechar las turbulentas circunstancias históricas que le tocó vivir, para encumbrarse a la cima del poder. Tanto por la alta posición que ocupó como por los acontecimientos que presenció y protagonizó, su existencia estuvo dotada de un carácter excepcional. Siendo todavía adolescente, se vio obligada a asumir la representación de su hermano, el emperador Honorio, en el proceso de Serena, viuda del general Estilicón. Capturada por los visigodos durante el saqueo de Roma en 410, acabó casándose con su rey, Ataúlfo, sobre el que ejerció un influjo moderador favorable a los intereses del Imperio. De regreso a Italia, tras el asesinato del monarca bárbaro, contrajo matrimonio con Constancio, nuevo hombre fuerte de Rávena. El ascendiente de Placidia creció hasta el punto de que, en el año 421, Honorio la proclamó Augusta. A partir de entonces, intervendría de manera regular en los asuntos políticos. Viuda por segunda vez, un golpe de palacio la condujo al exilio en Constantinopla, de donde regresó en 425 investida de autoridad soberana, como tutora de su hijo Valentiniano III. Durante la minoría de éste, gobernó con mano firme el timón de la nave del Estado, atenta siempre a reforzar la autocracia monárquica y la alianza con la Iglesia, lo que le valió el dictado de “madre del Imperio cristiano”, con el que pasó a la historia. La figura de Gala Placidia no sólo reviste interés por su participación directa en los principales sucesos de una época conflictiva y apasionante como pocas, sino también por su carácter representativo de un grupo de mujeres, hijas, hermanas o viudas de emperadores, que desde finales del siglo IV ejercieron el poder supremo de manera efectiva desempeñando la legitimidad dinástica, algo que hubiera resultado impensable en la Roma clásica.

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