Velázquez

Pintor y criado del rey

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Diego Velázquez (1599-1660) es uno de los pintores que hoy consideramos entre los grandes artistas de todas las épocas; con Francisco de Goya y Pablo Picasso compone el trío de los pintores españoles más ilustres. Pero si la fama artística de la que gozaron estos dos últimos en vida se prolongó después de su muerte, no es éste el caso del sevillano. A partir del siglo XVIII, la estrella del pintor de Felipe IV comenzó a declinar y no volvió a brillar hasta su redescubrimiento por parte de los artistas franceses del impresionismo, que lo consideraron un precedente inspirador; tras ellos, a partir de fines del siglo XIX, vendrían los estudios de los historiadores del arte y su apoteosis definitiva. Es evidente que esta circunstancia no sólo se debió al limitado acceso que se tuvo de la mayor parte de su producción, encerrada hasta la fundación del Museo del Prado entre los muros de las residencias reales madrileñas; también fue responsable el propio estilo velazqueño y el género predominante de su producción artística, el retrato, tan íntimamente ligado a su concepción de la pintura. Ese aislamiento -artista privado más que público- también formó parte de la vida y la obra de Velázquez mientras vivió. Pintor del rey desde los veinticuatro años, sus cuadros principales pocas veces salieron de entre los muros del Alcázar, del Buen Retiro, de la Torre de la Parada camino de El Pardo; algunos coleccionistas atesoraron algunas de sus escasas pinturas de historia, de mitología, pero la mayoría de ellas, los retratos, colgaron aislados, privadamente, de los muros de las residencias de sus modelos y sus descendientes. Su estilo tampoco invitó durante muchas décadas a buscar su lección; si a comienzos del siglo XVII su naturalismo retratista era una bandera de modernidad y rebeldía frente a las tradiciones del Renacimiento, el clasicismo que se instauró en el XVIII miró con displicencia lo que para sus creencias no era sino una inadmisible limitación. Y sin embargo, la lucha artística de Velázquez consistió precisamente en hacer del “retrato” una fórmula pictórica que no encontrara límites, que pudiera abarcar lo retratable, y lo no retratable; que diera naturaleza y visualidad natural a la realidad y la ficción, a lo visible y lo imaginario, a las narraciones de la fábula o de la historia religiosa. Sólo se podía dominar el arte de cualquier tipo de imágenes invistiéndolas de realidad, dándoles la apariencia de realidad, de verdad, que podía faltarles. Y decimos apariencia porque Velázquez era plenamente consciente del artificio de su profesión; no creaba objetos sucedáneos sino imágenes. Por ello no intentó, desde el momento en que tomó posesión de sus recursos pictóricos, quedarse al nivel de los pintores “a lo valentón”, creadores de meros artificios con el pincel, sino recrear una nueva realidad que se basara en la apariencia de las manchas, de la luz y el color, y que podiera disolverse -cuando el espectador se acercaba- y demostrar que lo que se tenía delante era la verdad del artista, no la verdad de la naturaleza. Al final se encontró ante la reflexión de lo que era la realidad y la ficción pictórica; no es extraño que haya sido el primer pintor español (tras el retrato de El Greco que nos muestra a su hijo Jorge Manuel Theotocópuli con la paleta y el pincel en las manos, aunque sin lienzo), en autorretratarse en el acto de pintar. Esta pretensión, y no sólo su situación vital o su carácter despegado y distanciante, lo convirtió en un artista aislado, excepcional en el medio en que se movió, con una concepción preferentemente funcional, práctica, y escasamente intelectiva o reflexiva. Aunque dispusiera de un taller y de oficiales a su lado, no creó verdadaderos discípulos o escuela. Públicamente se impuso más la imagen del artista a la búsqueda de una posición social que se le negaba en la sociedad estamental española, que la de su propio arte. Velázquez exige, quizá más que otros artistas, un género historiográfico especial. Aunque se intente insertar su actividad en el contexto en el que vivió, Velázquez se separa de él. Crea su propia historia, de voluntario distanciamiento y relativo aislamiento. Por ello es posible que la única forma de abordar a Velázquez sea la biográfica, dando razón personal, aunque circunstanciada, de su aventura y su quehacer individual. Frente a los géneros narrativos más usuales, destinados a colectivos más que a individuos, Velázquez se enfrenta predominantemente con el retrato y las personas, una a una. Frente al modelo de artista español sedentario (o que, si viaja, lo hace pronto), que tarda en conseguir el éxito, que define pronto su estilo y le permanece fiel hasta la muerte, que se amolda a las circunstancias y se deja llevar, acomodaticio y gregario, Velázquez rompe con la fórmula; obtiene un éxito inmediato y viaja -más de una vez, a veces de continuo- tarde, modifica y profundiza su propio quehacer figurativo; intenta ir contra sus circunstancias, incluso contra su propio nacimiento, y se lleva a sí mismo, por los derroteros manuales y mentales que él mismo se fijó, caprichosos como los caminos difíciles e inusuales hollados por las cabras.

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